“El juego es libertad: circular, imaginar, y alterar el mundo”

Ve historias. Se crió en un pueblo con primos, espacio y una abuela clave. Ya de grande, un maestro impensado la acercó al mundo del juguete argentino. Y ella escribió un clásico.

Una noche de 1997 se soñó en un lugar repleto de muñecas, y entendió la señal: se decidió, entró a la “clínica” de Monserrat por donde venía pasando hacía años, y conoció al arreglador de muñecas que le marcaría la ruta de su vida. Daniela Pelegrinelli (46) fue docente de personas con capacidades especiales por una década; hizo taller de Expresión con Maite Alvarado, una referente en literatura infantil; se recibió “de grande” de licenciada en Ciencias de la Educación en la UBA; y, a partir de sus visitas de años al sabio Antonio Caro –distinguido en 2006 como “artífice del patrimonio de Buenos Aires”– fue construyendo una aguda especialización en juguetes y cultura lúdica que derivó en un libro ya clásico: “Diccionario de Juguetes Argentinos”. Ideó, armó y dirige el primer museo permanente de juguetes del país, en Boulogne.

¿Con qué jugaba de chica?

Con vidrios molidos. Todavía había sifones (risas), y botellas de vidrios de colores muy diversos. Y en la casa de mi abuela paterna, que estaba en las afueras de Coronel Pringles, donde crecí, se acumulaban las cosas, como pasa en las casas que tienen mucho espacio. Y esos vidrios de colores de los sifones –violetas, anaranjados, amarillentos, que uno puede ver ahora en San Telmo– yo los molía con un martillo y para mí eran piedras preciosas. Eran vidrios rotos, que encontraba tirados. Cuando uno es chico se sorprende y se maravilla de cosas muy personales, particulares, vistas desde una óptica muy íntima. Se está descubriendo el mundo.

¿Jugaba mucho?

Eran espacios muy grandes, donde había animales, muchos primos y además tiempo; o sea, muchos elementos de juego. Una infancia que transcurría con mucha autonomía. Eso para el juego exploratorio, o el juego personal, es todo lo que un chico necesita. Otro juego que me encantaba era la carrera de caracoles. En la casa de mi abuela había muchas plantas y se llenaban de caracoles. Yo los juntaba, los ponía en fila y después había que esperar horas (risas). La gracia estaba en seguir el hilo y ver si recuperaba todos los caracoles, que no siempre era posible: el hilo de baba que dejan de huella por momentos se perdía. Esa variedad de experiencias la recuerdo como algo enriquecedor. Cuando pienso en las propuestas para los chicos, trato de recordar qué era jugar para mí.

¿Qué era, qué es?

La variedad, la autonomía, el contacto con otros. Poder salir del radar de tus padres, de los adultos. Es importante para un chico, porque se prueba a sí mismo, experimenta, tiene que resolver. Así, la posibilidad de uno de explorar el mundo es muy grande. El juego tiene que estar relacionado con la libertad: poder circular, pasar por todas las experiencias posibles; poder imaginar, pero no en el sentido de la fantasía, sino en que al poder imaginar puedo probar cosas. El juego me da la posibilidad de ser valiente, como estoy jugando me atrevo. Ahí se adquiere esa cosa política del juego: permite alterar el mundo. En el juego puedo subvertir el orden, puedo decir que el vidrio es una piedra preciosa, y vale.

¿Tenía juguetes favoritos?

No tuve nunca eso que me cuenta otra gente: “su” juguete. Conservé muchos juguetes. Pero no tengo particular predilección por esos juguetes. Simplemente fueron quedando. Y cuando empecé a ocuparme del tema ya me los quedé. Tuve una muñeca favorita bastante tiempo. Tengo una ahijada, que cuando era chiquita se la regalé. La muñeca ya estaba pelada porque yo la había peinado quinientos millones de veces. Cuando fue grande se la pedí de vuelta y le puse pelo en la clínica de Antonio. Y en un momento que compré juguetes para poder estudiarlos, fui a casa de una señora que tenía esa misma muñeca, pero intacta y en su caja. Y me di cuenta de que me acordaba perfectamente del vestido. Tuve eso, que veo que a toda la gente le pasa en el museo o en las exhibiciones, ese viaje que se produce cuando uno ve un juguete igual al que tuvo. A mí me pasó esa vez, 35 años más tarde. Pero lo veo todo el tiempo. Cuando volvés a ver ese objeto que no ves hace años, intacto, tal cual te lo dieron, el tiempo se altera. Los juguetes lo provocan casi siempre. Y compré la muñeca, por supuesto.

¿Qué es un juguete?

Para mí, la excusa para escribir, hacer amigos, pensar el mundo, tener una pasión, desarrollar algo que me gustara, que me pareciera útil. Porque era un campo desconocido, en el que me podía meter como en la infancia. Haber entrado en este campo que estaba inexplorado tiene algo de ese juego de niños.

¿Qué le pasa cuando ve a un chico mirando un juguete antiguo en el museo?

Trato de acercarme, miro a ver qué le pasa. Si se da, le pregunto por qué le gusta, si le puedo contar algo sobre eso. Y si veo que está muy concentrado, lo dejo que disfrute solo. Para mí es placentero ver que los chicos miran los juguetes.

En su familia, madre docente, se alentaba la lectura. “Yo leía lo que caía en mis manos. Mis vecinos tenían revistas y las prestaban: Intervalo, Patoruzito, Billiken. Y libros infantiles”. Y siempre le gustó escribir. A los seis ya escribía cuentos. En quinto grado tuvo una maestra –María Rosa– que le alentó la escritura en el pueblo del novelista César Aira y el poeta Arturo Carrera, su amigo. En su familia, también, con su abuela, nació su afición a juntar, restaurar y guardar. “Mi abuela encontraba cosas en la calle, por ejemplo una hebillita, y la agarraba, la limpiaba y me la daba. Algo de eso tengo. Siempre junté cosas de la calle. Eso me llevó a la restauración de muñecas. Y también restauré muebles que tengo en casa. Veo el valor en un objeto que parece que no vale nada. Eso tiene que ver con lo infantil. Los chicos le dan valor a esas cosas. Mi abuela les daba ese valor, y me daba como tesoritos que yo guardaba. Muchos de esos objetos los tengo. Están en cajitas que nunca voy a tirar. Tiene que ver con el disfrute, con la posibilidad de ver historias en los objetos. Yo veo historias en los objetos. Cuentan cosas de una época que no viví”.

¿Es cierto que hace arquería?

Sí, los últimos tres años. Con arco medieval, de madera, no el olímpico. Para tirar bien lo que vale es la postura, no estar pensando en hacer centro sino concentrarte en que estás haciendo bien el proceso. El resultado va a ser producto de ese proceso bien hecho. Eso me gusta como idea de la vida.

Publicado:
Por: DANIELA PELEGRINELLI