Nelson Mandela: El guerrero incansable

Desde Robben Island se ve Ciudad del Cabo. Es una visión impresionante, si es que uno se embarca voluntariamente hacia esa isla a la que se llega después de menos de media hora de navegación.

Pero si la visión de los edificios, la montaña plana que parece incompleta y el movimiento de hormiga de la gente parte de las rendijas de una celda, la cosa es diferente.

A esa prisión hay que sumarle, además, horas enteras de trabajo en las canteras de cal y canto que calcinan la mirada cuando reflejan el sol duro del verano sudafricano.

A Ciudad del Cabo la llaman la “Ciudad Madre” porque ahí nació ese país multicolor llamado Sudáfrica, cuando los colonos holandeses que buscaban una nueva ruta hacia la India se encontraron con los nativos “bushmen” en el siglo XVII.

Preso

Pero para personas como Nelson Rolihlahla Mandela, abogado, activista y guerrillero fallido, la visión de Ciudad del Cabo terminó siendo la libertad perdida, un espejismo doloroso de lo que le negaron como ser humano.

Luego de ser sentenciado a cadena perpetua en el llamado “Juicio de Rivonia” en 1964, por perpetrar el derrocamiento armado del sistema de segregación racial, Mandela terminó con sus huesos en Robben Island.

Los 27 años que Nelson Mandela, a quien su pueblo lo tutea con el apelativo de Madiba, pasó en la cárcel no siempre fueron en Robben.

Allí permaneció hasta 1982, junto a sus camaradas Walter Sisulu, Goban Mbeki (padre del actual presidente Thabo Mbeki) y una banda de libertarios que quisieron decirle basta a la segregación de las razas.

Ese año fue trasladado a la cárcel de Pollsmoor hasta que, cuando se enfermó de tuberculosis en 1988, el sistema del apartheid lo envió a Victor Verster, una cárcel de la campiña vinícola del cabo occidental sudafricano, que más bien parecía una posada de retiro campestre antes que una mazmorra.

De ahí emergió meses después, libre, con el puño en alto y de la mano de su mujer, Winnie, el 11 de febrero de 1990.

Libertad

La foto de Mandela estaba prohibida, bajo pena de cárcel, por lo que toda Sudáfrica veía por primera vez al rebelde, que surgió canoso, con la vista dañada por la cal, pero con ganas de negociar.

Durante su discurso en la municipalidad de Ciudad del Cabo un par de horas después de recuperar su libertad, Mandela reiteró lo que había dicho en 1964: que estaba dispuesto a morir por unasociedad igualitaria.

Pero en esa misma arenga, el encanecido líder de la guerrilla de Mkonto we Sizwe (La Lanza de la Nación) pasó de la sedición a la seducción.

Pidió Mandela negociar una transición pacífica a un sistema democrático multirracial que aboliera, además, otras taras: la desigualdad social, el sexismo, el insulto, la bala.

Las negociaciones fueron tortuosas pero él sabía, en carne propia, que eran inevitables. “Esto es lo que el apartheid nos quitó con el sistema de trabajo migratorio, la cárcel y la destrucción de la estructura familiar”, dijo una vez para justificar el diálogo.

En efecto, las familias de los que eran de la raza equivocada, estaban llenas de huérfanos, viudas, viudos, exiliados, en fin, trabajadores que tenían que pedir permisos especiales para mudarse a una ciudad en la que podían encontrar trabajo. La extrema derecha blanca se negó a aceptar el llamado.

Diálogo

Durante las negociaciones, una especie de hermandad afrikaaner (nombre con el que se conoce a los descendientes de los colonos holandeses) que adoptó símbolos nazis y uniformes caqui, ingresó al local de las negociaciones, en Johannesburgo, con la intención de intimidar a los negociantes.

No resultó.

El Partido Nacional, que representaba a la minoría blanca que había institucionalizado y bautizado la segregación racial a su llegada al poder en 1948, aceptó la democracia, con la condición de que compartiera el poder, al menos en el primer mandato, luego de las primaras elecciones multipartidarias.

Muchos dirigentes del partido de Mandela, el Congreso Nacional Africano, vieron con cierta duda esta concesión.

Si hasta el momento, las comunidades blanca y negra habían vivido en países diferentes, y la mulata, descendiente de la mezcla de esclavos asiáticos y colonos afrikaaner, en un limbo sin identidad, ¿cómo lograr la convivencia como gobierno?

Ni a la mayoría ni a la minoría les convenía el fracaso.

Por ello, esa cohabitación, que para algunos era anómala y hasta adúltera, se convirtió en realidad el 10 de mayo de 1994, cuando Nelson Mandela juramentó como presidente y el líder del Partido Nacional y último mandatario del apartheid, Frederik De Klerk, en vicepresidente.

El 27 de abril de ese mismo, el mundo fue testigo de un hecho que muchos creyeron, sino imposible, al menos lejano: largas colas de blancos, negros y mulatos, parados bajo el mismo sol tibio del otoño sudafricano, esperando votar.

Nelson Mandela hizo añicos, en su larga carrera como estadista preso o público, muchos tabúes.

Primero, juntó, como lo había hecho con la gente, dos himnos que no sólo se cantaban en idiomas diferentes, sino que representaban valores y bandos encontrados.

“Nkosi Sikelel’ iAfrika”, Dios Bendiga a África (Dios bendiga a África/que su cuerno se alce alto/Escucha nuestras plegarias/Y bendícenos), es la canción de la resistencia negra.

“Die Stem”, El Clamor de Sudáfrica (Desde el azul de nuestro cielo/desde la profundidad de nuestros mares/desde nuestras cordilleras eternas/con el sonido de nuestras carretas/se alza la voz de nuestros seres amados) es la afrikaaner.

El primero se canta en el idioma negro xhosa, y el segundo en afrikáans, el de los afrikaaner.

Ambos se unieron para convertirse en el himno del país.

Los colores de las banderas de batallones que se enfrentaron en más de una batalla, la afrikaaner y la del Congreso Nacional Africano, juntaron sus matices para convertirse en un pabellón único.

Deporte

Ya como presidente, Mandela decidió, además, invadir un territorio virgen pero minado: el rugby.

Para él, un juego visto como el símbolo deportivo de la segregación racial, que solo aceptaba blancos musculosos y no negros delgados, era un vehículo ideal para seducir.

Ante la oposición de dirigentes en su propio partido, Mandela aseguró que la Federación Internacional de Rugby le diera la sede de la copa mundial de 1994 a su país.

Luego de un entrenamiento rápido y penoso, los blancos enormes que representaban a la selección nacional, se tuvieron que aprender Nkosi Sikelel’ iAfrika, no sin antes perderle el miedo.

Luego de haberse educado en lo intrincado del xhosa, el capitán de la selección de rugby, Francois Pienaar, no pudo cantar el himno durante la inauguración del evento porque se le hizo un nudo en la garganta, mientras se le bañaba el rostro de lágrimas.

“No pude, estuve muy emocionado y muy orgulloso” se disculpa Peinar.

“Muchas gracias por lo que ha hecho por Sudáfrica” le dijo Mandela, vestido con la chaqueta y la gorra del equipo cuando le entregó la copa de campeón mundial.

“No, señor presidente, esto no lo hubiéramos logrado si usted no hubiera hecho lo que hizo por Sudáfrica”, le contestó Pienaar.

Al terminar su presidencia, en 1999, Mandela destruyó otra tradición africana: no se presentó a un segundo mandato. Ese año, su sucesor Thabo Mbeki fue elegido presidente.

Retiro

Al dejar el palacio presidencial de Pretoria, Mandela se dedicó a mediar en otros conflictos africanos, a luchar contra la pobreza y contra la pandemia del SIDA, que está matando a más africanos que el apartheid y el sistema colonial juntos.

En 2001, Mandela asustó a la humanidad al anunciar que sufría de cáncera la próstata y en 2004, se retiró de la vida pública. “No me llamen, yo los llamo” bromeó cuando hizo un anuncio que todos esperaban pero que nadie quería.

Hoy, frágil, apoyado en su esposa, Graca y su bastón de madera africana, Nelson Mandela sigue sin poder jubilarse.

Nadie quiere su silencio o su quietud. La culpa la tiene él, por haberse alzado por encima de la mezquindad y el rencor, a pesar de la desesperanza y el miedo.

Por: Javier Farje BBC Mundo

Publicado en EL Nuevo Día el 18 de julio de 2008/ republicado el 5 de diciembre de 2013